Una posible historia de Andros, ser primordial

Según la mitología, en el principio era el caos: es decir, una enorme

diversidad. Pero: ¿De qué? Probablemente de objetos, inanimados unos y

con vida los otros.

Andros —el ser primordial— surgió de aquel caos iniciático, el cual

se supone el origen del cosmos. Se debía encontrar nuestro protagonista ante

un infinito espacio disperso. ¿Qué ocurrió luego, en los momentos posteriores?

Nuestro semi-héroe (creo que así podemos denominarlo) desconocía

su propio origen; quizá fuera éste acuático, quizá ígneo. Aterido por el

frío de lo desconocido… ¿Qué podía hacer Andros, hacia dónde avanzar?

Algún día quizás se conocerán los pasos iniciales de los seres del

comienzo de los tiempos. Es muy probable que se dé esa posibilidad. Pero

lo cierto es que Andros se enfrentó en aquellos momentos iniciales a una

vida futura e inescrutable. Era aquel —se debe especificar— el tiempo de

los orígenes.

Avanzaba Andros en aquel atardecer de nuestro relato imaginario

entre fuegos y luces celestes fulgurantes. Y debía dudar de todo cuanto percibía.

Por qué: ¿Qué era todo aquello? ¿De qué eran signos aquellos fenómenos?

El vacío existencial tal vez estaba ya en él. No obtenía respuestas a

sus preguntas. Era el silencio total.

Nuestro personaje era un ser humano nervudo y musculado. Por su

cuerpo circulaba la sangre tibia. Cuando miraba hacia el suelo, veía surgir

las variaciones de su superficie, las piedras, la hierba, y en ocasiones el

barro y también la tierra yerma. Y si por el contrario miraba hacia el cielo,

veía como rayos del Sol cruzaban su inmenso espacio.

Vivía Andros en su mundo, un mundo inmediato e ineludible. Y sabía

que, sin la acción, no podía aspirar sino a la muerte. Imaginemos un mundo

vegetal, mineral, con sólo un hombre poblándolo entre animales diversos.

Entre la espesura de la fronda, las aguas estaban habitadas por seres pisciformes.

A nuestro primer hombre le agradaba estar cerca de una laguna y del

humedal que la rodeaba. Estaba ésta situada en un interfluvio, que albergaba

diversas especies vegetales, entre ellas las aneas (o espadañas), los juncos y

los matorrales lacustres. Y se veían volar sobre la laguna varias especies de

aves acuáticas: ánades, ánsares…

El círculo de luz-oscuridad debía ser para Andros parte de un rito desconocido,

un rito ajeno a él y al que asistía como observador algo atónito.

Posiblemente imaginase fuerzas superiores, tales como el viento, la lluvia y

desde luego, el Sol, inaccesibles a los humanos (a él). Hay que creer que ya

en aquel tiempo estaba nuestro protagonista rodeado por —entre otros—

helechos y demás pteridófitos. Las aves, por otra parte, producían en los

hombres cierto temor, quizá por el hecho de no conocer éstos ni el origen ni

el destino de su vuelo. Es aventurado (pero hacedero) pensar que Andros

deseara imaginar lo que en realidad ignoraba. Aunque… ¿No incitaría con

ello al miedo que inspira lo desconocido?

Con el paso del tiempo, Andros se debería sentir envejecer lentamente;

era su espejo la superficie límpida de los ríos. Y miraba con atención

su propia piel, bastante diferente de aquella otra de su juventud. Casi con

seguridad, tendría la convicción de que el deterioro progresivo de su cuerpo,

paulatino e incesante, habría de llevarle a un final, en concreto al fin de su

propia existencia. Y aunque los miedos de Andros fueran en general físicos:

… ¿No abrigaría en su interior asimismo algún miedo metafísico?

Cabe suponer la figura desconcertada de nuestro hombre de los

orígenes, que verosímilmente buscaría a alguien con quien compartir su so-

ledad, su miedo y su confusión. Buscaría quizá un arquetípico ser matricial:

se trataría de los inicios del rito de la sangre y de la dúplica.

Andros no era sino un ser telúrico destinado a la muerte. Nosotros

quizá podamos imaginarlo, en aquellos tiempos iniciales, intentando responder

–angustiado y perplejo– a las preguntas primordiales.



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