En el verano de 2017





Esa entidad inmaterial tan extraña que denomino angustia, entreverada de

tristeza y de sentimientos de culpa, corría una vez más por dentro de mi ser.

De nuevo. No, no cesaba, no. De tan perdurable, se diría que era humanamente

imperecedera. Pero en todo caso el tiempo pasaba, inaccesible a la

herrumbre y a la piedad. Yo pensaba —como muchas otras veces he pensado—

que tanta inmortalidad proclamada n


o podía conducir sino a un lugar

inexistente. A dónde si no.

Y a la vez imaginaba que el hecho de insistir en indagar por mí mismo

en lo más interior de mi sensibilidad, debía estar motivado por la necesidad

de encontrar algo (un lugar, cualquier idea...) a lo que asirme... Quizá.

Todo hace tiempo que ha empezado a ser posible, y aún más confuso si

cabe, para mí.

Y es que ahora, en este mismo momento, escribo de nuevo a lo desconocido,

sin motivo justificatorio alguno y con una tenacidad incomprensible.




6 visualizaciones1 comentario