Aproximación al pensamiento de FernandoVallejo a través de la lectura de“El Desbarrancadero”

La primera novela que cayó en mis manos de Fernando Vallejo (lo que tuvo

lugar fruto del azar y de la suerte) fue precisamente El Desbarrancadero. En

el Diccionario de la lengua, de la Real Academia Española, (adonde acudí

entonces como hago siempre que tengo dudas sobre el significado de una

palabra) se dice que “desbarrancadero” es un término usado en Honduras y

México y que significa “despeñadero” o “precipicio”. Yo empiezo ya a la

relectura del texto referido. En mi caso, se trata de una edición de Alfaguara

del año 2001. No hay que leer mucho para darse cuenta de por dónde van a

ir las cosas. En la página 7 del texto se encuentra la siguiente frase: “Así,

libre de sí mismo, al borde del desbarrancadero de la muerte”. Sí, era eso,

ya lo suponía. Ha quedado claro de golpe, sin más; tendremos en adelante

ante nosotros el abismo.

Pero paso página y en la siguiente (la número 8) nuevo golpe de genio

literario: “Como fantasmas traslúcidos impulsados por la luz que mueve a

las mariposas”. Se dirá: esto es poesía. Es cierto, de la mejor poesía. En

todo caso, yo opino que son legión los malvados; ábrase un libro de Historia

Mundial al azar, y se verá (si se me permite la licencia literaria) manar

sangre humana de sus páginas. Y, ¿De qué siglo de la Historia? De cualquiera;

la cuestión es matar: a pedradas, con dagas, con lanzas, con flechas

emponzoñadas, con bombas explosivas (atómicas, nucleares, de racimo,

anti-persona…); la cuestión parece haber sido (y es aun desgraciadamente)

matar a otros, teñir de sangre oscura y de dolor umbrío la Humanidad.

Prosigue (estoy ahora en la página 59) el autor de Medellín en su

alusión a los infiernos. Así lo hace cuando escribe: “Los hombres libres

caemos en plomada a los infiernos”. El autor no disminuye la riqueza de su

verbo. Baste para percatarse de ello con leer, en la página 66, lo que sigue:

“Vacío como mi alma”. Yo he pensado siempre que el alma es la suma de la

sensibilidad y los recuerdos. ¿Sería aventurarse mucho pensar que algo así

debe ser el alma para Vallejo? Es que si no, ¿qué va a ser el alma? Dijo

Kant, en la Crítica de la razón pura, una de las frases más profundas que

decirse puedan: “Volando en el espacio vacío de la razón pura por medio de las alas de las ideas”. Cita del vacío por parte de ambos autores, del

vacío como lugar al que se diría inevitable referirse en la mente de los

mayores pensadores.

Y uno (yo en este caso) no puede evitar decirse, sonriendo levemente:

“Es que no puede ser lo que está diciendo Vallejo en este escrito, tan

profundo, tan exacto…”

Pues sí que lo es, y aquí transcribo una prueba más de ello (página

72): “La vida es tropel, desbarajuste; sólo la quietud de la nada es perfecta”.

A raudales surgen los pensamientos penetrantes de Vallejo, y va uno,

y los lee, y se deslumbra.

Yo imagino a nuestro autor de Medellín como a un héroe que se

enfrenta sereno a una multitud de enemigos, muchos de ellos ocultos en la

oscuridad. Porque enemigos son, ideológicamente de Vallejo los falsarios,

los hipócritas, los cobardes, los fanáticos, los dogmáticos…

En la página 75 escribe Vallejo “Es que yo creo en el poder liberador

de la palabra. Pero también creo en su poder de destrucción…”. Es

innegable que los pensamientos se expresan y trasmiten, sobre todo, por

palabras, mediante el lenguaje. Y sí que es verdad que, en muchas ocasiones,

hablar libera. Pero a la vez las palabras pueden destruir. La cuestión

es que algunos precisan escribir, necesitan hacerlo. Recuerdo ahora a

Dámaso Alonso, en Hijos de la ira: “Ay, hijo de la ira era mi canto. Pero ya

estoy mejor. Tenía que cantar para sanarme”. No puede sorprender demasiado

que hayan confluido en este momento de mi escrito dos autores tan

geniales como Fernando Vallejo y Dámaso Alonso. Parece existir una cierta

confluencia del genio en el tiempo a través de la palabra.

Ya en la página 93, hace nuestro autor una evocación de la muerte,

diciendo algo que es incontestable: “Oh Muerte justiciera, oh Muerte

igualadora”. Sí, sólo la muerte acaba con los asesinos, los genocidas, los

malvados sin contrición ni redención… y sobre todo, se lleva de este mundo a los que sufren un dolor irreversible y duradero, una enfermedad mortal y

punzante. Con la muerte dejan muchos de sufrir, no hay otra manera de

hacerlo para siempre en algunos casos. Y muerte a la vez igualitaria, porque

algún día tienen que acabar las injusticias y las diferencias, que en general, a

nada razonable se deben.

La antepenúltima frase que comentaré es la que dice: “Los momentos

de felicidad no compensan la desgracia” (página 129). A menudo he

pensado en esa balanza en la que poner en un platillo lo bueno de la vida y

en el otro lo malo. Si fuéramos jueces objetivos de ese acto comparativo, yo

creo que ganaría (pesaría más, hecha materia) la gran cantidad de dolor

sufrido por uno mismo y —no hay que olvidarlo en ningún momento— el

dolor que hemos visto sufrir a los demás. Todo el dolor en un lado, y toda la

felicidad en el otro. A ver qué pasa. Yo ya expresado antes mi criterio, y es

que nunca he entendido el porqué del dolor y de la maldad humanos.

Y por fin, sigue la penúltima de las frases que cito del libro. Ésta se

halla en la página 133, y afirma en ella nuestro autor: “… papi había dejado

el horror de la vida y había entrado en el horror de la muerte. Había vuelto

a la nada, de la que nunca debió haber salido”. Viaje de regreso a la nada,

al indescriptible lugar donde sitúa el autor colombiano el origen humano.

Un lugar que hay que imaginar en paz, lejos de los horrores (tantos) algunos

de los cuales nos expone Vallejo en su libro. Y es que una de las cosas que

más cabe admirar en este autor en su valor en expresar lo que siente. Pero

hay más en él, ciertamente: su cultura y su gran capacidad literaria. De la

conjunción de todo ello han salido las frases que he citado anteriormente, y

otras que no han sido citadas pero que muy bien podrían haberlo sido.

Como en ocasiones dicen los oradores: “Voy acabando”. Y lo voy a

hacer diciendo que es una virtud de muy pocos unir la mejor literatura (la

más bella y emotiva) a la mayor profundidad filosófica. Dice Vallejo:

“Como cuando le pegan a uno una puñalada en el corazón, buscándole el

centro del alma”.

¡El centro del alma! Allí, sí, donde posiblemente resida lo más profundo

del ser humano, allí, donde parece también residir el mundo mágico

de Vallejo.


Bibliografía

ALONSO, DÁMASO, (2013). Hijos de la ira, Madrid,

España: Espasa Calpe, S. L. U.

KANT, IMMANUEL, (1985). Crítica de la razón pura,

Madrid, España: Ediciones, Alfaguara.

VALLEJO, FERNANDO. (2001). El Desbarrancadero,

Madrid, España: Alfaguara.




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